Argentina

Bitcoin: entre la revolución y la burbuja

Una tecnología que algunos ven como una revolución… y otros como una de las mayores burbujas de la historia.

Carta # 3

Bitcoin acaba de caer más de un 50%.

Hace apenas unos meses, muchos hablaban de precios de 200.000 dólares como algo inevitable. Hoy el clima es completamente distinto: miedo, dudas y la sensación de que todo podría haber sido una burbuja.

No sería la primera vez que el mercado llega a esa conclusión.

Bitcoin ya fue declarado muerto decenas de veces en los últimos quince años.

Y, sin embargo, cada vez que eso ocurrió terminó volviendo… muchas veces con más fuerza.

La volatilidad de Bitcoin ya no sorprende a nadie.

La verdadera pregunta es otra:

¿Estamos ante una tecnología capaz de transformar el sistema financiero global… o ante una de las mayores burbujas especulativas de la historia?

En esta carta quiero explorar tres preguntas clave:

  • Por qué nació Bitcoin y qué problema intentaba resolver
  • Qué lo hace diferente de cualquier otro activo monetario
  • Y si esta fuerte caída puede representar una oportunidad para los inversores

Pero antes de entrar en el análisis, déjame empezar con una historia personal.

Recuerdo la primera vez que escuché hablar de Bitcoin.

Debe haber sido alrededor de 2011. En la oficina de Inversor Global de la calle Gorriti, en Palermo, un amigo australiano de mi socio Joel empezó a instalar varias computadoras para “minar bitcoin”, según nos explicaba en ese momento.

Yo lo miraba con bastante escepticismo.

Le cedimos el lugar con gusto, pero sinceramente no entendíamos demasiado qué estaba haciendo… ni por qué alguien querría dedicar tiempo y electricidad a producir una moneda digital que prácticamente nadie conocía.

En ese momento Bitcoin parecía una curiosidad tecnológica, algo propio de hackers, programadores y entusiastas de internet.

Muy pocos imaginaban que esa pequeña red experimental terminaría convirtiéndose, años más tarde, en un activo financiero seguido por inversores de todo el mundo.

Con el tiempo empezamos a hablar del tema en las diferentes publicaciones de Inversor Global. Pero personalmente recién presté mucha más atención a Bitcoin al comienzo de la pandemia.

Pero eso te lo cuento más adelante.

Para entender Bitcoin, primero hay que entender el contexto en el que nació.

Porque Bitcoin no apareció por casualidad.

Apareció como respuesta a una de las mayores crisis financieras de la historia reciente.

I – Un grito de libertad

La crisis financiera de 2008 fue uno de los mayores colapsos económicos de la historia reciente.

Para ponerlo en perspectiva: entre su máximo de 2007 y su mínimo de 2009, el índice S&P 500 cayó cerca de un 57%.

Las acciones de los grandes bancos estadounidenses —hasta entonces considerados instituciones sólidas— perdieron entre 80% y 90% de su valor.

El impacto sobre la sociedad fue enorme.

Si tenemos en cuenta que más del 60% de los adultos estadounidenses posee acciones, podemos dimensionar el golpe que esto significó para millones de familias.

Pero la crisis fue mucho más profunda que una caída bursátil:

  • Muchos fondos considerados “conservadores” perdieron enormes sumas al estar expuestos a préstamos hipotecarios empaquetados como inversiones seguras.
  • El desempleo pasó del 4,4% en 2007 al 10% en 2009.
  • Más de 10 millones de hogares perdieron sus viviendas por ejecuciones hipotecarias.
  • Millones de personas vieron evaporarse sus planes de retiro.

La crisis financiera terminó golpeando directamente a la economía real.

Pero ¿qué había provocado semejante colapso?

Durante la primera mitad de los años 2000 se acumuló una enorme burbuja en el mercado inmobiliario estadounidense.

Las tasas de interés bajas y la creencia generalizada de que el precio de las viviendas siempre subiría llevaron a una expansión masiva del crédito hipotecario.

Los bancos comenzaron a otorgar préstamos cada vez más riesgosos, incluso a personas con escasa capacidad de pago.

Pero el verdadero problema estaba en otro lugar.

Esos préstamos no permanecían en los balances de los bancos.

Eran empaquetados en productos financieros complejos y vendidos a inversores de todo el mundo, muchas veces con calificaciones de riesgo AAA.

De esta manera el riesgo no desaparecía: se dispersaba y se ocultaba dentro del sistema financiero global.

El sistema funcionaba mientras los precios de las viviendas siguieran subiendo.

Pero cuando el mercado inmobiliario empezó a caer, millones de deudores dejaron de pagar sus hipotecas.

De repente, activos que parecían seguros perdieron valor de forma abrupta.

Los balances bancarios quedaron dañados y la confianza entre instituciones desapareció.

Bancos y fondos dejaron de prestarse dinero por miedo a la quiebra del otro.

En septiembre de 2008, la quiebra de Lehman Brothers actuó como detonante final.

El sistema financiero global entró en pánico.

Para evitar un colapso total, el gobierno de Estados Unidos y la Reserva Federal lanzaron el mayor rescate financiero de la historia.

Entre 2008 y 2010 se implementaron medidas extraordinarias:

• El Congreso aprobó el TARP, un programa de rescate por 700.000 millones de dólares.
• La Reserva Federal inyectó más de 4 billones de dólares en liquidez al sistema financiero.
• Las tasas de interés se redujeron prácticamente a 0%.

Mientras tanto, millones de familias perdían sus viviendas, sus ahorros y sus empleos.

Para muchas personas, el mensaje fue claro: las reglas no eran iguales para todos.

Quienes habían confiado en el sistema financiero terminaban pagando el costo de la crisis.

Mientras tanto, las instituciones responsables del colapso eran rescatadas.

Ahí se rompe algo más profundo que la economía.

Se rompe la confianza.

Porque todo el sistema monetario moderno funciona sobre ese principio.

Confiamos en que los bancos van a custodiar nuestro dinero.
Confiamos en que los gobiernos no van a emitir demasiado.
Confiamos en que los intermediarios van a cumplir las reglas.

Pero la crisis de 2008 mostró algo incómodo.

Cuando el sistema entra en problemas, esas reglas pueden cambiar.

Las pérdidas se socializan.
Los rescates aparecen.
La emisión monetaria se expande.

Fue en ese contexto cuando surgió una idea radical.

La idea de crear un sistema monetario que no dependiera de confiar en bancos, gobiernos o intermediarios.

Un sistema basado únicamente en matemáticas, criptografía y reglas transparentes.

Esa idea se llamó Bitcoin.

El 31 de octubre de 2008, en plena crisis financiera global, alguien —o quizás un grupo de personas— bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto envió un email a un foro de criptografía.

El mensaje incluía un documento técnico de apenas nueve páginas titulado:

Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System.

Ese documento proponía algo revolucionario para la época:

crear un sistema de dinero digital que funcionara sin bancos, sin intermediarios y sin una autoridad central.

En lugar de confiar en instituciones, el sistema se apoyaría en reglas matemáticas y en una red descentralizada de computadoras distribuidas por todo el mundo.

Era, en esencia, un experimento radical.

¿Podía existir dinero sin bancos?

El 3 de enero de 2009 se minó el primer bloque de la red de Bitcoin, conocido como el bloque génesis.

Dentro de ese bloque Satoshi dejó un mensaje oculto:

“The Times 03/Jan/2009 Chancellor on brink of second bailout for banks.”

Era el titular de un diario británico que hablaba de un nuevo rescate bancario.

No era casualidad.

Era una referencia directa al contexto en el que nacía esta tecnología.

Bitcoin surgía, en parte, como respuesta a un sistema financiero en el que los bancos podían ser rescatados… mientras millones de personas perdían sus ahorros, sus casas y sus empleos.

Por primera vez en la historia moderna aparecía algo nuevo: un activo digital con escasez programada.

Bitcoin tiene un límite máximo de 21 millones de unidades.

No puede expandirse por decisión política.

No puede imprimirse para rescatar bancos o financiar déficits.

Por eso muchos inversores comenzaron a verlo como una especie de oro digital.

II – Primero se burlan, después lo usan

Antes de analizar si Bitcoin puede convertirse en una inversión relevante, conviene entender algo que se repite una y otra vez en la historia económica.

Las grandes innovaciones tecnológicas casi siempre siguen el mismo recorrido: primero generan escepticismo, luego rechazo… y finalmente terminan transformando industrias enteras.

Con las inversiones ocurre algo parecido.

Las mayores oportunidades rara vez aparecen cuando una tecnología ya es obvia para todos. Aparecen mucho antes, cuando todavía parece incierta, exagerada o incluso absurda.

Desde el punto de vista de un inversor, las innovaciones tecnológicas pueden funcionar como una especie de “tren bala hacia la generación de riqueza”. Son procesos capaces de crear enormes cantidades de valor económico en períodos relativamente cortos.

Pero ese valor no aparece de inmediato.

Al principio, casi siempre domina la confusión.

Las nuevas tecnologías suelen ser difíciles de entender, sus modelos de negocio no están claros y su utilidad real parece limitada. Durante años parecen irrelevantes o exageradas… hasta que de repente se vuelven inevitables.

Ese proceso de adopción rara vez es lineal.

Avanza a saltos, con avances y retrocesos. Durante mucho tiempo parece estancado, hasta que cruza un umbral y empieza a expandirse rápidamente.

Por eso, muchas de las mayores fortunas de la historia se construyeron alrededor de tecnologías que durante años fueron subestimadas.

Para entender mejor este fenómeno, basta con mirar dos ejemplos históricos.

El ferrocarril: la tecnología que cambió el siglo XIX

A comienzos del siglo XIX, el ferrocarril era visto por muchos como una extravagancia tecnológica.

Algunos médicos sostenían incluso que viajar a más de 30 kilómetros por hora podía ser peligroso para el cuerpo humano.

Durante décadas el negocio ferroviario fue extremadamente volátil. Muchas empresas quebraron, se formaron burbujas especulativas y numerosos inversores perdieron dinero.

Pero mientras tanto, algo mucho más profundo estaba ocurriendo.

El ferrocarril estaba reduciendo drásticamente el costo y el tiempo del transporte.

Eso terminó transformando por completo la economía.

Los países que desarrollaron redes ferroviarias lograron integrar sus mercados internos, reducir los costos logísticos y acelerar el crecimiento económico.

En Estados Unidos, el ferrocarril permitió la expansión hacia el oeste y dio origen a algunas de las mayores fortunas del siglo XIX.

En Argentina, permitió conectar el campo con los puertos y convirtió al país en uno de los grandes exportadores agrícolas del mundo.

El ferrocarril no valía simplemente por las vías o las locomotoras.

Valía porque se convirtió en infraestructura económica crítica.

Y quienes lograron entender ese proceso antes que el resto terminaron construyendo imperios empresariales enormes.

 

Internet: la revolución que nadie tomó en serio

Algo similar ocurrió más de un siglo después con Internet.

A comienzos de los años 90, Internet era lenta, poco confiable y su modelo de negocio era completamente incierto. Muchos analistas sostenían que jamás sería un negocio rentable.

Durante años fue visto como una curiosidad tecnológica utilizada principalmente por entusiastas de las computadoras.

Pero con el tiempo comenzaron a aparecer empresas construidas sobre esa nueva infraestructura digital.

El entusiasmo fue tan grande que terminó generando una enorme burbuja especulativa.

Entre 2000 y 2002, la burbuja puntocom explotó. Cientos de empresas quebraron y el índice Nasdaq cayó más del 75%.

Muchos interpretaron ese colapso como la prueba definitiva de que Internet había sido una exageración.

Pero ese diagnóstico resultó equivocado.

Lo que había fracasado no era la tecnología.

Lo que habían fracasado eran las expectativas exageradas de corto plazo.

Internet siguió creciendo silenciosamente durante los años siguientes. Más usuarios, mejores conexiones, menores costos.

Hasta que terminó convirtiéndose en infraestructura esencial de la economía global.

Sobre esa infraestructura nacieron algunas de las empresas más valiosas del mundo, desde Amazon hasta Google.

El mismo patrón

Las grandes innovaciones tecnológicas suelen atravesar ese mismo patrón.

Primero parecen irrelevantes.
Después parecen exageradas.
Y finalmente se vuelven inevitables.

Las mayores fortunas rara vez se construyen cuando una tecnología ya es evidente.

Se construyen cuando todavía genera dudas.

La pregunta entonces es inevitable.

¿Podría Bitcoin estar atravesando un proceso similar?

Una tecnología que todavía parece marginal… pero que podría convertirse en infraestructura financiera global.

Para responder esa pregunta conviene entender qué hace realmente diferente a Bitcoin.

III – Qué hace único al Bitcoin

Para entender por qué Bitcoin generó tanto interés entre inversores, tecnólogos y economistas, conviene mirar qué lo hace diferente de cualquier otro activo monetario que haya existido antes.

Bitcoin no es simplemente una moneda digital.

Es un sistema monetario completamente nuevo.

Una red global para almacenar y transferir valor sin intermediarios.

Y combina cuatro características que rara vez aparecen juntas.

1. Escasez digital programada

Bitcoin tiene un límite máximo de 21 millones de unidades.

Esa regla está escrita en el propio protocolo y no puede modificarse fácilmente.

Esto significa que, a diferencia del dinero tradicional, Bitcoin no puede expandirse cuando los gobiernos necesitan financiar déficits o rescatar instituciones financieras.

Durante siglos, el oro fue el principal activo escaso del sistema monetario global.

Pero el oro tiene limitaciones evidentes en el mundo digital: es difícil de transportar, dividir o transferir rápidamente.

Bitcoin introduce algo nuevo en la historia económica: escasez digital verificable.

Por primera vez existe un activo digital cuya oferta es completamente previsible. En otras palabras: por primera vez existe un activo cuyo nivel de emisión futura es completamente conocido.

Para muchos inversores, esta es una de las características más interesantes de Bitcoin.

2. Un sistema monetario sin autoridad central

Bitcoin no depende de un banco central, un gobierno o una institución financiera.

Funciona gracias a una red global de miles de computadoras que verifican las transacciones siguiendo reglas públicas.

Nadie puede cambiar esas reglas por decisión política.

Esto lo convierte en un sistema monetario neutral y global, algo muy poco común en la historia del dinero.

Durante siglos, el dinero siempre estuvo ligado al poder político de algún Estado.

Bitcoin rompe con esa tradición.

Es la primera red monetaria verdaderamente global que no pertenece a ningún país.

 

3. Transferencia de valor global y sin intermediarios

Bitcoin permite enviar valor a cualquier parte del mundo, las 24 horas del día.

No distingue fronteras, horarios bancarios ni nacionalidades.

Para ciertas situaciones —por ejemplo transferencias internacionales o economías con sistemas financieros inestables— esto puede resultar mucho más eficiente que los mecanismos tradicionales.

En esencia, Bitcoin permite algo que hasta hace poco era muy difícil:

transferir valor en Internet sin necesidad de intermediarios.

4. Transparencia y reglas verificables

Todas las transacciones de Bitcoin quedan registradas en una base de datos pública llamada blockchain.

Cualquier persona puede verificar cómo funciona el sistema, cuántos bitcoins existen y cómo se mueven.

Esto reduce la necesidad de confiar en instituciones, balances o intermediarios.

Las reglas son públicas, transparentes y auditables.

En lugar de confiar en una institución, el sistema se basa en reglas matemáticas verificables.

Estas características no convierten a Bitcoin en un sistema perfecto ni en un reemplazo inmediato del sistema financiero actual.

Pero sí ayudan a entender por qué esta tecnología despertó tanto interés entre inversores, tecnólogos y economistas.

Bitcoin propone algo que hasta hace poco parecía imposible: un sistema monetario global que funciona sin bancos centrales ni intermediarios.

Naturalmente, una tecnología con ambiciones tan grandes también enfrenta desafíos importantes.

Como toda innovación emergente, Bitcoin tiene debilidades y limitaciones que conviene analizar con cuidado.

IV – Las debilidades del Bitcoin

Como toda tecnología emergente, Bitcoin todavía enfrenta desafíos importantes.

Entre los más relevantes se encuentran los siguientes.

1. Costos de transacción elevados para pagos pequeños

Bitcoin no fue diseñado como un sistema ideal para micro pagos.

Las comisiones no dependen del monto enviado, sino de la congestión de la red.

En momentos de alta actividad, enviar montos pequeños puede resultar relativamente caro.

Por eso hoy Bitcoin funciona mejor como sistema de liquidación de valor que como medio de pago cotidiano.

2. Escalabilidad limitada en la capa base

Bitcoin prioriza seguridad y descentralización.

Eso tiene un costo: la red procesa pocas transacciones por segundo en su capa principal.

Por esa razón, muchas soluciones buscan construir capas adicionales sobre Bitcoin para escalar el sistema a millones de usuarios.

3. Complejidad de la autocustodia

Bitcoin introduce una idea poderosa pero exigente: cada usuario puede ser su propio banco.

Pero esa libertad implica responsabilidad.

Si una persona pierde su clave privada, los fondos se pierden para siempre.

Para muchos usuarios, esta responsabilidad representa una barrera psicológica y operativa importante.

4. Irreversibilidad de las transacciones

Una vez confirmada, una transacción en Bitcoin no puede revertirse.

Esto reduce el fraude y la censura, pero también significa que los errores humanos pueden ser irreparables.

Enviar fondos a una dirección incorrecta implica una pérdida permanente.

5. Innovación deliberadamente lenta

Bitcoin es un sistema conservador por diseño.

Los cambios requieren consenso amplio y se implementan lentamente.

Esto aumenta la estabilidad del protocolo, pero también hace que la innovación sea más gradual que en otros proyectos tecnológicos.

6. Alta volatilidad del precio

Finalmente, Bitcoin sigue siendo un activo extremadamente volátil.

Su precio puede subir o caer con gran rapidez.

Esto dificulta su uso como medio de intercambio estable, aunque no necesariamente como reserva de valor a largo plazo.

Más adelante en esta carta analizaremos en detalle este comportamiento del precio.

Bitcoin no es una tecnología perfecta ni está diseñada para todos los usos.

Pero sus fortalezas y debilidades ayudan a entender por qué sigue generando tanto debate.

Y también por qué su adopción ha ido creciendo de forma constante durante los últimos quince años.

Veamos ahora cómo fue evolucionando esa adopción.

V – De nicho a sistema

Cuando Bitcoin comenzó a funcionar en 2009, prácticamente nadie le prestó atención.

Los primeros usuarios eran en su mayoría programadores, criptógrafos y entusiastas de la tecnología. Un pequeño grupo de personas fascinadas por la idea de crear dinero digital sin bancos ni intermediarios.

Era, en esencia, un experimento.

Durante los primeros años, Bitcoin se movía en círculos muy reducidos. Los llamados early adopters —fanáticos de las nuevas tecnologías— fueron los primeros en explorar sus posibilidades.

Algunos lo veían como una curiosidad tecnológica.

Otros como un experimento libertario.

Muy pocos lo tomaban en serio como activo financiero.

Con el tiempo, sin embargo, la red empezó a crecer.

Hacia 2013 y 2014 comenzó a aparecer con más frecuencia en los medios financieros y en publicaciones especializadas. En Inversor Global empezamos a seguir el fenómeno de cerca y a dedicarle cada vez más atención.

Pero el gran salto de visibilidad llegó muchos años después, especialmente durante la pandemia.

A medida que el mundo se digitalizaba aceleradamente y los bancos centrales expandían la liquidez global, Bitcoin empezó a atraer el interés de un público mucho más amplio.

Para entender ese proceso conviene mirar un dato simple:

¿cuántas personas usan Bitcoin hoy?

No es fácil responder esa pregunta con precisión. Una persona puede tener muchas direcciones en la blockchain y una sola dirección puede representar a miles de usuarios.

Por eso algunas firmas especializadas utilizan métodos indirectos para estimar la adopción.

CoinShares, una firma europea dedicada a la investigación de activos digitales, estima que entre 400 y 500 millones de personas en el mundo poseen Bitcoin directa o indirectamente.

Eso representa aproximadamente entre el 5% y el 6% de la población global.

Aunque todavía es una minoría, el crecimiento ha sido notable, especialmente en economías emergentes donde los sistemas financieros son menos estables.

Desde esta perspectiva, Bitcoin puede entenderse como una red monetaria global en fase de adopción.

Y como ocurre con muchas redes —como Internet o las redes sociales— su valor potencial depende en gran medida del número de personas que la utilizan.

Pero el crecimiento de Bitcoin no se dio solamente entre individuos.

En los últimos años también comenzó a producirse un cambio importante en el mundo institucional.

Durante mucho tiempo, los grandes bancos y fondos de inversión miraron a Bitcoin con escepticismo o directamente con hostilidad.

Sin embargo, con el tiempo esa actitud empezó a cambiar.

Algunos hitos marcan bien esa evolución:

  • 2017 – La Chicago Mercantile Exchange (CME), el mayor mercado de derivados del mundo, lanza futuros sobre Bitcoin.
  • 2018 – Grandes gestores y brokers tradicionales comienzan a ofrecer servicios de custodia institucional.
  • 2020 – MicroStrategy se convierte en la primera empresa cotizada en incorporar Bitcoin a su tesorería.
  • 2021 – Tesla anuncia una compra de USD 1.500 millones en Bitcoin.
  • 2021 – El Salvador adopta Bitcoin como moneda de curso legal.
  • 2024 – La SEC aprueba los primeros ETFs de Bitcoin al contado en Estados Unidos.

Cada uno de estos pasos redujo barreras operativas y regulatorias.

Gradualmente, Bitcoin pasó de ser un experimento marginal a convertirse en un activo accesible para fondos de inversión, empresas y grandes patrimonios.

Esto no significa que Bitcoin se haya vuelto un activo estable o libre de riesgos.

Pero sí marca un cambio importante.

La discusión ya no gira tanto en torno a si Bitcoin va a desaparecer.

La pregunta ahora es qué rol puede terminar ocupando.

Y para entender mejor ese debate conviene analizar un aspecto que sigue generando enormes discusiones entre inversores:

su precio.

Porque, como sabemos quiénes invertimos en acciones, no es lo mismo valor que precio.

VI – El precio, una montaña rusa

Durante gran parte de 2025, Bitcoin tuvo un comportamiento claramente alcista.

El precio subió con fuerza impulsado por la entrada de capital institucional, el crecimiento de los ETFs y un clima general de optimismo que llevó al mercado a hablar, una vez más, de precios de seis cifras como algo casi inevitable.

En ese contexto, Bitcoin alcanzó un máximo cercano a los 126.000 dólares en octubre de 2025.

Pero como ocurrió muchas veces en su historia, ese entusiasmo terminó generando expectativas excesivas.

Cuando el mercado entra en una fase de euforia, cualquier cambio en el contexto puede desencadenar correcciones abruptas.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

En pocas semanas el precio cayó más de un 50%, ubicándose en torno a los 65.000 dólares al momento de escribir esta carta.

Para quienes siguen Bitcoin desde hace años, este tipo de movimientos no resulta sorprendente.

La volatilidad extrema es, en realidad, una característica estructural de este activo.

Bitcoin combina dos elementos que suelen generar ciclos muy intensos: una oferta rígida y una demanda extremadamente variable.

La oferta de Bitcoin está programada de antemano y no puede ajustarse en función del precio.

Pero la demanda sí cambia constantemente.

Cuando el entusiasmo crece, entran nuevos inversores y el precio sube con rapidez.

Cuando el clima se vuelve más negativo, parte de esos inversores vende o reduce posiciones, y el precio puede caer con la misma velocidad.

Ese desequilibrio entre una oferta fija y una demanda cambiante explica por qué Bitcoin ha atravesado repetidamente ciclos de subas muy fuertes seguidos de correcciones profundas.

Además, el propio diseño del protocolo introduce un elemento adicional que influye en estos ciclos.

Aproximadamente cada cuatro años ocurre un evento conocido como halving, que reduce a la mitad la cantidad de nuevos bitcoins que se crean como recompensa para los mineros.

Este mecanismo hace que la oferta nueva de Bitcoin crezca cada vez más lentamente con el tiempo.

Históricamente, cada uno de estos eventos ha sido seguido —con cierto retraso— por ciclos alcistas importantes, impulsados por el desequilibrio entre una oferta cada vez más limitada y una demanda en expansión.

Para entender mejor estos movimientos conviene mirar qué ocurrió en ciclos anteriores.

El siguiente gráfico muestra las caídas más importantes de Bitcoin desde cada máximo histórico hasta el mínimo del ciclo.

Más que un dato puntual, lo relevante es el patrón.

  • En todos los ciclos, Bitcoin sufrió caídas profundas, muchas veces entre 60% y 85%.
  • El ciclo actual, aun con una baja superior al 50%, se ubica entre los menos severos.
  • La volatilidad extrema no es una anomalía: es una característica estructural de un activo joven, global y altamente líquido.

En otras palabras, movimientos que en otros activos serían excepcionales forman parte del comportamiento normal de Bitcoin.

La caída de los últimos meses no es necesariamente una señal de colapso.

Es, más bien, un episodio más dentro de un patrón histórico de alta volatilidad.

Hoy, además, estos ciclos ocurren en un mercado mucho más grande y más institucional que en el pasado.

Sin embargo, la presencia de instrumentos financieros como futuros, opciones y ETFs también puede amplificar los movimientos de corto plazo.

Por eso, aunque muchos esperaban que la volatilidad disminuyera con la maduración del mercado, la realidad muestra que los ciclos siguen siendo muy intensos.

VII – Qué mirar hacia adelante

El análisis de lo que puede pasar con el precio de Bitcoin en los próximos 12 meses tiene mucho que ver con el que hicimos sobre el oro en la carta anterior.

Allí analizábamos el contexto general de la economía global: déficits fiscales elevados, niveles de deuda cada vez mayores, políticas monetarias que tienden a ser expansivas y tasas de interés que, tarde o temprano, vuelven a bajar.

Si ese escenario continúa —como parece probable— los activos con oferta limitada suelen verse favorecidos.

En ese grupo entran tanto el oro como Bitcoin.

La segunda variable importante es el propio mercado de Bitcoin.

A diferencia del oro, que viene de una fuerte suba, Bitcoin llega a este momento después de una corrección importante.

Y si algo muestra su historia es que, después de caídas profundas, el precio muchas veces termina recuperándose y superando sus máximos anteriores.

Eso no significa que el camino vaya a ser lineal.

Nadie puede saber si los 65.000 dólares actuales representan el mínimo del ciclo o si el precio todavía puede caer más.

Pero para quienes seguimos este mercado desde hace años, una cosa parece clara: la adopción sigue creciendo.

Y mientras esa adopción continúe —aunque sea lentamente— el activo tiene probabilidades razonables de seguir generando valor a largo plazo.

Por eso, personalmente, no dudaría en mantener una exposición moderada a Bitcoin dentro de una cartera diversificada.

No como una apuesta total.

Pero sí como una posición pequeña dentro del portafolio.

Porque es un activo volátil y todavía enfrenta riesgos importantes.

Si tenés comentarios o reflexiones sobre esta carta, podés escribirme a:

cartasfede@inversorglobal.com

En la próxima edición del newsletter vamos a cerrar esta serie con una pregunta clave para cualquier inversor:

Cómo deberían cambiar nuestras estrategias de inversión cuando cambia el contexto global.

¡Buenas inversiones!

Fede Tessore

Publicado por
Inversor Global

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