Los políticos hacen campaña con lealtades partidarias y personalidades, pero la economía real funciona con combustible refinado. Te cuento tres ideas que conviene tener presentes antes y después de las elecciones de hoy en Estados Unidos, y cuatro acciones ligadas a la economía de las moléculas, la maquinaria y el volumen procesado.
Por Byron King
“Nunca hagas predicciones”, dijo el gran beisbolista Casey Stengel.
“Sobre todo sobre el futuro”.
Estoy de acuerdo. Pero el llamado “Día de las Elecciones” en Estados Unidos es hoy, y los demócratas pueden recuperar, o no, la Cámara de Representantes, el Senado o ambos.
La retórica electoral es ruidosa, pero la economía física lo es más. Es decir, los políticos y los analistas hacen campaña con base en la lealtad partidaria y las personalidades. Es mucho teatro.
En el mundo real, en cambio, la gente enfrenta el golpe de los precios en las estaciones de servicio y en el supermercado, además de una inflación que se va extendiendo por buena parte de la economía.
Pase lo que pase en las elecciones, los autos siguen necesitando gasolina, los camiones diésel y los aviones combustible de aviación. Antes del surtidor, las refinerías necesitan petróleo crudo, además de catalizadores exóticos, energía eléctrica y calor, mano de obra calificada y mantenimiento periódico. Lo que quiere decir que cualquier país que quiera seguir siendo fuerte y próspero debe controlar enormes cantidades de energía confiable. [Cómo invertir en el nuevo mapa energético]
Por eso, hoy veremos tres ideas (y más adelante, cuatro nombres) que los inversores deben tener en cuenta durante estas elecciones y después de ellas:
- Primero, la escasez de combustible es un problema de refinación, no solo de petróleo.
- Segundo, la reindustrialización de Estados Unidos favorecerá a las empresas ligadas a activos reales y al volumen físico procesado.
- Tercero, el poderío militar de Estados Unidos es la primera derivada de su poderío energético e industrial.
Estas ideas valen sin importar quién gane qué elección la semana próxima ni qué partido político domine. Sí, por supuesto: los mercados pueden dar un bandazo en una dirección o en otra según la política. Pero las moléculas, las máquinas y la logística obedecen leyes más duras.
Estados Unidos tiene petróleo, pero el combustible refinado es el cuello de botella
La mayoría de la gente dice “petróleo” cuando en realidad se refiere a energía. Es como decir que el Ejército o la Armada funcionan con mineral de hierro. Bueno, sí, pero solo muy al comienzo de la cadena, en las minas de Minnesota. Porque, obviamente, el poderío militar sale de equipos terminados, que a su vez funcionan con combustibles refinados.
Nadie le echa petróleo crudo a un auto, a una camioneta, a un tractor, a una locomotora ni a un avión. Compran gasolina, diésel y combustible de aviación. Y entre la boca de pozo y el depósito de combustible del aeropuerto hay un organismo industrial enorme, caro y temperamental, un sistema de sistemas que calienta, presuriza, craquea, limpia y recombina hidrocarburos hasta convertirlos en productos útiles. A eso se suma un vasto sistema logístico para llevar los barriles del punto A al punto B.
La mayoría de los automóviles funciona con gasolina, y ahí es donde la mayoría de la gente toca el negocio del petróleo, pero lo cierto es que el diésel es la verdadera sangre roja de la economía física moderna. El diésel mueve la carga, extrae minerales, cosecha cultivos y alimenta la construcción. Y muy cerca del diésel, en términos químicos, está el combustible de aviación, que mantiene en el aire a la aviación comercial y al poderío aéreo militar.
Estos destilados medios, el diésel y el combustible de aviación, compiten por casi las mismas moléculas en cuanto a capacidad de refinación y procesamiento. Y como hemos dicho muchas veces, cuando el sistema de petróleo y refinerías se tensa, el mayor costo del combustible se traslada a casi todo lo demás.
Por eso, la mera disponibilidad de crudo no garantiza combustible barato. De hecho, en Estados Unidos y en gran parte del mundo supuestamente “desarrollado”, bastante capacidad de refinación se ha cerrado, se ha reconvertido o ha recibido poco mantenimiento. Las plantas existentes pueden trabajar a fondo, pero el acero, las válvulas y un sinfín de equipos complejos tienen sus límites.
Y claro, un cargamento o dos (o tres) de diésel importado de, digamos, Rusia, puede ayudar en los márgenes de la fijación de precios a corto plazo, pero no puede reparar años de capacidad descuidada.
La respuesta práctica a la escasez y a los precios del combustible no es una refinería de fantasía que aparece de la noche a la mañana (¡ja, buena suerte con eso!). No, se llama “eliminación de cuellos de botella” (debottlenecking): ir a las instalaciones existentes y agregar mejores intercambiadores de calor, bombas, compresores, catalizadores, controles y mantenimiento; además, ampliaciones selectivas en los sitios en operación y, donde la economía lo permita, la reactivación de unidades paradas. Son inversiones poco glamorosas, pero son las que producen barriles de verdad.
Para los inversores, conviene estar atentos a los márgenes de refinación, los inventarios, los calendarios de paradas de mantenimiento y la logística regional, porque el problema energético de Estados Unidos no es solo el precio cotizado del crudo. Así que, mirando hacia adelante, las promesas electorales de la semana próxima pueden traer todo tipo de sentimientos positivos y negativos. Pero solo el volumen que procesan las refinerías mueve el combustible. [Ganancias puras y refinadas]
La reindustrialización es una apuesta de largo plazo
Durante décadas, Estados Unidos estuvo premiando a la ingeniería financiera mientras dejaba que la capacidad física se mudara, se deteriorara o se volviera imposible de autorizar. Las escuelas de negocios estadounidenses armaron programas enteros en torno a cerrar la producción local, trasladar capacidad al exterior, despedir trabajadores, importar mano de obra barata con visas y presentar todo eso como un éxito de gestión.
De una forma u otra, y pase lo que pase con los resultados electorales de hoy, los próximos dos años del segundo mandato del presidente Trump pondrán a prueba si la “reindustrialización” es una política o apenas un eslogan.
Las métricas útiles son sencillas: ¿pueden los proyectos obtener permisos y energía? ¿Pueden ampliarse los oleoductos, los enlaces ferroviarios, los puertos y la transmisión eléctrica? ¿Pueden los sistemas educativos estadounidenses formar trabajadores calificados? ¿Puede el capital obtener un rendimiento sin esperar una década a que un grupo de burócratas dé su autorización?
En todo esto, la oportunidad va mucho más allá del petróleo. Las nuevas fábricas requieren acero, cobre, cemento, productos químicos, máquinas herramienta, transformadores, turbinas de gas, equipos para la red eléctrica e inmensos volúmenes de electricidad. Los centros de datos parecen digitales, pero son enormes activos físicos: terreno, concreto, agua de refrigeración, transmisión y energía las 24 horas. Y buena parte de la inteligencia artificial (IA) puede vivir en la llamada “nube” (pista: no es una nube de verdad, como las del cielo), pero todo se conecta a la red de torres de transmisión eléctrica.
Esto exige otra lente para analizar las inversiones. Los inversores deben buscar activos productivos antes que relatos. Conviene favorecer a las empresas que poseen recursos y reservas, sistemas de extracción y procesamiento, experiencia técnica, equipos y capacidades logísticas: cosas que no se pueden conjurar ni corromper con una actualización de software.
La reindustrialización de Estados Unidos creará ganadores, pero también dejará en evidencia las carencias de energía, materiales, mano de obra y ejecución.
Washington puede acelerar la tendencia con una reforma de los permisos, un trato tributario favorable, compras de defensa y el uso selectivo de facultades industriales. Pero el gobierno no puede derogar las leyes de la química, la física ni la ingeniería. Los proyectos siguen necesitando años, miles de millones de dólares y operadores competentes. El mercado premiará a las empresas que ya poseen sistemas valiosos y pueden ampliarlos sin poner en juego la compañía.
En resumen, espera volatilidad en torno a las elecciones, pero no pierdas de vista la inversión de capital. Sigue el dinero hacia las tuberías, las plantas, la energía y la producción. [El mayor error de los inversores en época de elecciones]
El poder militar es poder industrial con uniforme
Este es el punto más importante. El poder militar es la primera derivada de la energía y del poder industrial. Una nación convierte energía, minas, plantas siderúrgicas, fábricas, laboratorios, astilleros, refinerías y la red eléctrica en su conjunto en fuerzas capaces de combatir, desplegarse y resistir.
Un avión de combate sin combustible de aviación es apenas una costosa escultura de metal. Un tanque sin diésel es, primero, un fortín; luego, un blanco y una tumba. Un misil sin electrónica, metales especiales y propulsores químicos es un costoso tubo que no sirve para nada. Y una flota sin astilleros, repuestos ni técnicos capacitados se convierte en un activo que se consume rápidamente.
Las economías modernas ocultan este cimiento militar bajo una superficie civil. Los puertos, los oleoductos, los patios ferroviarios, los centros de datos, los sistemas de pago y las redes de comunicaciones sirven al comercio en tiempos de paz. En una crisis, se convierten en el orden de batalla oculto: mueven combustible, procesan inteligencia, financian compras y mantienen viva la logística.
Las guerras en Ucrania y en todo Medio Oriente han dejado estas lecciones brutalmente claras: perder refinerías, redes eléctricas, puertos y enlaces de transporte debilita el poder de combate tanto como, o más que, eliminar soldados en el frente. La llamada “eficiencia” se convierte rápidamente en una fragilidad catastrófica. Cosas como los “inventarios justo a tiempo”, los servicios concentrados en la nube o las cadenas de suministro estrechas ahorran dinero, sí, hasta que llega una interrupción y el desastre se propaga en cascada.
La defensa nacional, entonces, no es solo el presupuesto del Pentágono. Incluye cosas como transformadores de repuesto, suministros de combustible resilientes, puertos redundantes, metalurgia nacional, depósitos de reparación, datos seguros y capacidad industrial de respuesta rápida. La seguridad energética no está separada de la política de defensa: es el cimiento mismo sobre el que se apoya.
Por eso también importa el resultado de las elecciones. Si el conflicto político retrasa la infraestructura, desalienta la inversión o trata cada proyecto industrial como ilegítimo de entrada (porque es “cosa de Trump”, por supuesto), el daño se verá no solo en los precios y en el empleo, sino en una debilidad estratégica. En cambio, las políticas que amplíen la energía confiable y reconstruyan la capacidad industrial pueden fortalecer tanto la prosperidad como la disuasión.
Qué deben recordar los inversores
Entonces, tenemos tres ideas:
- Uno: el riesgo del combustible hoy está río abajo, donde el crudo se convierte en diésel, gasolina y combustible de aviación.
- Dos: la reindustrialización favorece a los activos reales, a un gasto de capital disciplinado y a los operadores capaces de ejecutar.
- Tres: la defensa nacional se apoya en la energía, la industria y la logística mucho antes de llegar al campo de batalla.
Pase lo que pase después de las elecciones de hoy, no confundas el ruido con la señal verdadera. Es decir, podemos ver manifestaciones o disturbios, muchas demandas judiciales, un teatro político abyecto y delirante, y probablemente violentos vaivenes del mercado. Eso es el ruido.
Pero la señal verdadera es si Estados Unidos puede producir energía, refinarla, trasladarla, convertirla en producción industrial y proteger los sistemas que hacen posible todo esto.
Cuatro ideas para el camino que viene
Para terminar, aquí van cuatro acciones de petróleo, ideas básicas que deberían resistir en los meses y años que vienen, sin importar la política:
- Exxon Mobil (XOM): una petrolera integrada con escala en producción, refinación, petroquímica y proyectos complejos, bien posicionada cuando la seguridad energética y el suministro confiable tienen una prima.
- Chevron (CVX): un productor global de alta calidad, con activos duraderos, capacidad financiera y profundidad operativa adecuadas para un mundo que todavía necesita petróleo y gas en abundancia.
- Schlumberger/SLB (SLB): una empresa líder en servicios y tecnología petroleros, que se beneficia cuando los productores deben gastar más para encontrar, desarrollar y optimizar recursos cada vez más difíciles.
- Valero Energy (VLO): una refinadora independiente de primer nivel, con exposición directa a la capacidad escasa que convierte el crudo en el diésel, la gasolina y el combustible de aviación que la economía realmente usa.
Estas empresas no prometen ganancias en línea recta, y ninguna inversión lo hace. Pero permiten tener operadores capaces, ligados a la economía dura de las moléculas, la maquinaria y el volumen procesado. Porque ahora es cuando el mundo está redescubriendo el verdadero valor de los activos reales. Los pasajes para subirse al tren de los activos reales todavía están relativamente baratos.
Byron King
Para Libertad & Riqueza






